Porno para fantasmas IV: la sospecha

La historia sigue a Jania, una joven argentina residente en México que se dedica al cine erótico, aunque ella prefiere verlo como un "performance artístico" inspirado en temas oscuros y rituales (como el mito del Wendigo).

Natalia Gómez

12/22/20258 min read

Clemente gimió su orgasmo por todo lo alto y luego se dejó caer a un lado de Jania.

—Perdón, pero ya no me agauntaba ¡Qué rico! —Jania no respondió y él se incorporó un poco para mirarla—. ¿Estás enojada? Nomás déjame descansar un momento y le seguimos, para que termines.

—No hace falta flaco.

—Pero estás toda jetona.

—¿Qué dices?

—Que traes mala cara, pues.

—Lo siento —se acercó para besarlo—. No sé qué pensar respecto al tema de la guita con los señores de Skotos. Todo es demasiado perfecto y conveniente.

—¿Y qué tiene de malo que las cosas salgan bien? —dijo estirándose, y luego se acomodó entre las sábanas de la cama.

—No te duermas, che... que te estoy contando. Me dieron la oportunidad de cobrar en efectivo o de tener una cuenta en no sé qué banco. Lo último que quiero es tener problemas... ¡Clemente, me estás escuchando!

—Mmmm... sí.

—Ah, ¿sí? Pues, ¿qué te dije?

—Que vas a hacer muchos proyectos y que me vas a invitar a trabajar contigo —dijo sin abrir los ojos, pero con una sonrisa infantil que la enterneció.

—Estoy paranoica, supongo.

Clemente se quedó dormido rápidamente, mientras la mente de Jania daba vueltas alrededor de todas sus dudas. No podía hablar con sus padres para pedirles consejo, y tampoco tenía algún familiar útil, como un abogado o un contador que pudiera ayudarla, aunque, pensó, un contador

argentino no sería de ninguna utilidad en México. Aunque tenía sus papeles en orden no tenía ni la menor idea de cómo era pagar impuestos.

De las pocas amigas que había dejado en Argentina, ¿alguna sabría algo al respecto? Aunque tampoco quería hablar con nadie; seguramente sus videos ya habían sido vistos en esa latitud, y mejor ahorrarse cualquier acusación o crítica no deseada.

Miró con cuidado para asegurarse de que Clemente dormía profundamente y tomó su teléfono. Abrió Tinder, que ya tenía bastante abandonado, y comenzó a scrollear hacia arriba buscando algún perfil que indicara que fuera abogado o contador.

Le dio like a los pocos que encontró y bloqueó su celular. A pesar de que seguía inquieta, se acurrucó junto a Clemente y trató de dormir.

***

Emocionada, entró al set, caminando como si sus tacones flotaran por encima de su ego.

Para esta película, aceptaron al cien la propuesta de Jania con un presupuesto increíble. La locación era una casa en la colonia Juárez, con muebles y decoración del siglo XIX. Rentarla por unas horas costaba mucho más de lo que Jania jamás habría pensado gastar en algo así. El vestuario fue otro lujo. Además, nuevamente le dieron la oportunidad de intervenir en el casting y, esta vez, Clemente llegaba con ella.

Primero lo vistieron y maquillaron a él para fotografiarlo y tener material para los flashbacks. Mientras tanto, Jania y la otra actriz eran atendidas por dos profesionales. A unos metros colgaban sus vestidos. Uno era verde claro, con tonos menta y blanco, discreto escote en V, mangas abullonadas y encajes por todas partes. Lo único remotamente sensual era la cintura ceñida, pensó Jania. El suyo tenía un corte similar, pero en colores grises y azul marino. El cuello era alto, y debajo de las mangas abullonadas se extendían otras largas, que cubrían las muñecas con encaje blanco. Era más dramático, más elegante y combinaba bien con los accesorios que había elegido para imprimirle su estilo: una gargantilla con un camafeo en tonos negros y dorados con una rosa

violeta. Los aretes a juego tenían una gota negra que colgaba dramáticamente. Al final, se llenó las manos de anillos vintage en diferentes tonos.

Era un reto importante para Jania: no había diálogos, así que debía demostrar sus habilidades histriónicas solo con su cuerpo y las expresiones de su rostro. La historia comenzaba con la actriz del vestido verde entrando a la habitación. Tres cámaras seguían sus movimientos: una fija, cerca de la puerta, captaba toda la escena; otra se movía con ellas; y una tercera, ubicada en el techo, ofrecía una vista cenital. Al sentarse a la mesa, la actriz extendió una fotografía en tonos sepia y bordes recortados de Clemente ya caracterizado. Jania se lució con movimientos exagerados y aspavientos, como si estuviera siendo poseída. Jaló a la otra actriz, que apenas opuso resistencia. La besó, la desnudó sobre la mesa, le dio sexo oral y, tras penetrarla con los dedos, de desnudó para frotar su pelvis contra la de ella. Luego, corte. Ayudaron a la actriz a vestirse y para repetir los mismos actos, esta vez con Clemente. No era la primera vez que Jania lo veía coger con otras actrices, pero no le gustó verlo ahí, sin ella, en la escena de su película. Terminó arrepentida del papel que había elegido para si.

Mirarlo, sudoroso, fuerte, moviéndose con la misma pericia y energía con que la follaba a ella, la excitaba y molestaba a partes iguales. Sin embargo, dos semanas después, cuando la edición estuvo lista, se sintió satisfecha con el resultado: los colores eran vibrantes y el ritmo permitía interpretarlo casi como un video musical. Incluso conversaron sobre la posibilidad de contratar a alguien que compusiera música exclusiva. Por puro ego, pidió que cortaran lo más posible el rostro de la otra actriz, y aunque el señor Tamás y David fruncieron un poco el ceño, accedieron. Jania salió feliz, esta vez con una maleta llena de efectivo, además de lo que ya le habían depositado en la misteriosa cuenta que abrieron a su nombre.

Nuevamente, el tema de la distribución quedó en el aire, pero a Jania ya no le importó.

***

— Me pidieron que pensara en algo relacionado con cadáveres — Dijo Jania mientras destapaba dos cervezas sobre la barra de la cocina — Pero a mis esas cosas de las morgues y demás me da mucho asco. Así que les convencí de hacer algo más en mi línea. Seré nuevamente una bruja, pero más contemporánea, haciendo un ritual sexual para revivirte. — Dijo, entregando una de las botellas a Clemente.

—Nadie me gana actuando como muertito, ya verás — le dijo Clemente después de una sonora carcajada. — Gracias por pensar en mí, flaquita. Entonces, ¿quieres que vea el guion?

—Aún no lo tengo. Más bien, te invitaba para garchar un rato.

—¡Ay flaquita! Hoy no puedo.

—¿Cómo? ¿Podés venir si es de trabajo, pero no si es para visitarme?

—Es diez de mayo, voy a comer al ratito con mi mamá y no quiero llegar apestando a sexo. Y oye, no me juzgues por estar al tiro si se trata de trabajo, si tú eres más workaholica que yo.

—Podrías bañarte después.

—No es igual, sería raro.

Jania se sonrojó y no supo que decir, si pedirle que ya se fuera, o sacar papeles y pretender que trabajaran en ideas para al guión. Tomó su celular, nerviosa, abriendo el tablero de Pinterest que había creado para mostrárselo y tratar de seguir hablando de trabajo. Clemente, que la notó enojada, trató de cambiar el tema para relajarla.

—Y a todo esto ¿ya le llamaste a tu mamá? ¿o en Argentina no celebran el Día de las Madres?

—No… no, allá es en octubre. — respondió con amargura antes de dar un trago a su cerveza.

Clemente, incomodo. Decidió terminar su visita, se bebió el resto de la botella de golpe y se acercó a ella, abrazándola por la cintura y besándola con mucha lengua. Jania, pensando que había cambiado de parecer trató de rodearle el cuello con sus brazos, pero terminó doblemente decepcionada cuando él se separó de ella.

—Te llamo mañana o el jueves. Me traigo una botellita de algo, de ese vinito que te gusta, el argentino ¿va?

Aunque seguía sintiéndose cachonda, el mal humor le impedía masturbarse. Hacer un live quedaba descartado, así que destapó otra cerveza y se dejó caer en el sillón con la laptop en el regazo. Su primera intención era concentrarse en el maldito guion, pero terminó navegando por sus redes hasta que el enojo se convirtió en melancolía. Entró a su Facebook personal —al que casi nunca se asomaba— y buscó el perfil de su mamá. No la extrañaba, per se, pero el incidente con Clemente la había dejado con una sensación de estar incompleta.

Nunca había sido una persona sociable. En la pubertad, comenzó a ser popular entre los chicos, pero, aun así, no era invitada a fiestas o salidas grupales. Su madre, concentrada en sus constantes cambios de novio le iba prestando cada vez menos atención. Jania sentía que el ser independiente le había costado el cariño de su madre. Todo padre idealiza a los hijos, solía repetirse, pero su madre la había ido soltando conforme ella ganaba autonomía, como si solo le interesara mientras fue una muñeca a la que podía vestir y cuidar. Jania, la persona, el ser humano, le resultaba indiferente. Estaban tan desconectadas que pasó casi un año antes de que su madre descubriera que vendía contenido sexual por internet. Entonces comenzaron las peleas, y Jania concluyó que lo mejor era irse de casa.

Ahora, lo que sentía era difícil de nombrar; no era tristeza. Tal vez algo de rabia mezclada con melancolía, el tipo de nostalgia que se siente por algo que nunca se tuvo. Un vacío de no tener nada qué hacer ni a quién llamar un diez de mayo o en navidad. No extrañaba a su madre, pero quería extrañarla.

***

—Nos encanta la idea del ritual erótico para devolver la vida. ¿Qué te parecería cambiar el escenario decimonónico por una morgue? Algo más contemporáneo

—No. Definitivamente no—Respondió Jania, tajante—Me parece repugnante.

—Pero ya utilizamos un escenario del siglo pasado. Aparentemente, eres una artista disruptiva, pero en realidad, eres bastante conservadora — a pesar del tono cordial de Tamás, el reproche le pareció evidente.

—No es eso — dijo lo más segura que pudo, aunque la cara le ardía — es solo que no va con mi estilo. Siento que mi estética es congruente con mi imagen. Hay chicas que hacen cosplay o usan temáticas de zombis o marcianos. Yo busco cosas mucho más artísticas, significados que tengan un trasfondo cultural.

—Claro, claro. — respondió Tamás, con una sonrisa tan amplia que le achinaba los ojos. Parecía divertido.

—Si me dan un par de semanas, puedo traer más ideas.

—Claro, claro. — volvió a decir, con el mismo tono. Como si se hubiera convertido en una estatua, un buda malévolo.

La incomodidad de Jania creció tanto en tan solo dos segundos que procedió a levantarse, no supo si extender su mano para despedirse del señor Tamás, que siempre se levantaba al mismo tiempo que ella para hacer muchos aspavientos y gestos caballerosos para despedirse, pero que ahora se había congelado y solo la miraba sonriendo.

Jania estaba demasiado alterada y, por segunda vez, tuvo un presentimiento: la misma señal de peligro que había sentido la primera vez que acudió a esa oficina y que después olvidó. Regresó a casa con el cuerpo tenso, directo a darse un baño, pero ni el agua caliente ni una copa de vino lograron borrarle de la piel la mirada extraña de Tamás. Lo único que la calmó fue el “en vivo” que comenzó a transmitir; poco a poco, los halagos de sus seguidores la hicieron olvidar el mal momento.

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