Porno para fantasmas III: El precio

La historia sigue a Jania, una joven argentina residente en México que se dedica al cine erótico, aunque ella prefiere verlo como un "performance artístico" inspirado en temas oscuros y rituales (como el mito del Wendigo).

Natalia Gómez

12/21/202510 min read

Eran las 11:15 de la mañana. Jania bajó del Uber y se acomodó los hombros del vestido. Dado el lugar de la cita, consideró que debía ir con ropa profesional, pero sin perder su estilo. Llevaba un vestido negro con un cierre que cruzaba su figura, haciéndola ver más estrecha. Tenía las hombreras un poco anchas, y la falda llegaba a sus rodillas. Aunque casi no exhibía nada de su piel, lo ajustado, los tacones y su presencia destilaban sex appeal.

Se dirigió a la recepción, donde dio los buenos días a una recepcionista malencarada.

—Identificación, por favor. ¿A dónde se dirige y con quién?

—Al piso 25—respondió secamente, extendiendo su pasaporte.

—¿Con quién?

—No me dieron un nombre, pero voy al piso 25.

—¿No tiene una identificación? Su INE o una licencia.

—El pasaporte es una identificación —respondió de forma cortante, y la recepcionista resopló.

—¿Con quién viene?

—¡Ya le dije que no sé, pelotuda!

Cuando la recepcionista estaba a punto de responderle, un hombre delgado, vestido con un traje azul marino, la tomó de los hombros y la interrumpió.

—Viene conmigo, compañera. Yo la registro, por favor.

La recepcionista pareció muy sorprendida y, aunque su rostro mostraba confusión, no dijo nada e incluso le devolvió el pasaporte a Jania en un mejor modo.

—Jania, qué gusto tenerte por aquí, por favor acompáñame —dijo el hombre, con unos gestos que le parecieron tan elegantes como estudiados. Por lo delgado, le dio la impresión de que estaba frente a un bailarín de ballet. – Mi nombre es David.

Subieron por el elevador. Él no volvió a decir nada, pero mantuvo una sonrisa amable todo el tiempo. Ahí, Jania reparó en que llevaba un pequeño audífono negro en la oreja izquierda, como si se tratara de un guardaespaldas.

Las puertas del elevador se abrieron frente a una segunda recepción que, al fondo, tenía una puerta doble de vidrio, David las abrió con una tarjeta que sacó de su bolsillo. La oficina era enorme, sin divisiones, y parecía que todo fueran pequeñas áreas de reunión: sillones, pequeñas mesas, algunas esculturas y plantas exuberantes, una pantalla por aquí y otra por allá, pero nadie trabajando. La vista de la ciudad era impresionante; seguramente, pensó, en un día sin contaminación debía ser aún mejor.

Siguió a David por un pasillo con varias salas de juntas a ambos lados, entraron a la del fondo, con otra vista panorámica y donde había una mesa enorme con una televisión en un extremo. En lugar de sillas, había enorme sillón muy acolchado que rodeaba toda la mesa, y sobre ésta había todo tipo de comida: pequeños pasteles, brownies, semillas y frutos secos en pequeños cuencos de cerámica blanca y elegantes botellines de vidrio.

Al centro, un capelo de cristal muy grueso, donde David le pidió depositar su teléfono.

—¿Cómo?

—Es importante que nos aseguremos de que la conversación no se grabe ni se transmita a un tercero.

—Ya, pero me están pidiendo que quede incomunicada en una oficina desconocida, entre personas que no conozco de nada.

—Tu teléfono estará a la vista todo el tiempo; solo hay que levantar el capelo. Pesa un poco, pero si lo necesitas, yo lo levantaré para ti.

—¿Y cómo saben que no tengo una grabadora u otro teléfono entre la ropa o en mi bolsa? – dijo retándolo.

—No quiero asustarte, pero has pasado por dos detectores, de haberlos tenido, este sería el momento en el que te pediría ponerlos también bajo el capelo.

Jania abrió mucho los ojos y, temblando un poco, dejó su teléfono sobre la mesa. David procedió a cubrirlo.

—Tranquila, es una práctica común en este país; en oficinas de gobierno incluso te los quitan, pero a nosotros somos respetuosos con nuestros colaboradores. Ya verás que la discreción es el secreto del éxito en el negocio del cine.

Jania intentó pensar en algo inteligente para decir, pero no se le ocurrió nada. Manteniendo una actitud orgullosa tomó una botella de agua y bebió un poco. Tras unos minutos de espera en silencio que a ella le parecieron eternos, entró un hombre, también elegantemente vestido, pero cuya apariencia física le desagradó. Era apenas un poco más alto que Jania, y en contraste con el chico que la había recibido, parecía un enano; su barriga era demasiado prominente y sus dedos, llenos de largos vellos multicolores, parecían querer tragarse los pesados anillos de oro que presumía.

—¡Señorita González! —exclamó como si la conociera de toda la vida—. ¡Qué placer tenerla aquí! Somos devotos admiradores de su trabajo.

Jania se levantó solícita y estrechó su mano con una sonrisa, disimulando el asco que le daban las manos del sujeto.

—Muchas gracias por invitarme. ¿Y usted es…?

—En esta oficina todos me llaman señor Tamás, pero tú, dulzura, puedes llamarme Gabriel.

Jania escuchó con atención. Según Gabriel, eran algo más que una simple productora; él representaba a personas con muchos recursos que deseaban invertir en el negocio del cine. Dijo con mucho orgullo que no les interesaba participar en proyectos comerciales; porque contrario a lo que se puede pensar, en el cine comercial se pierde dinero, mucho dinero. Pero ellos, nunca perdían.

—Preferimos trabajar con verdaderos artistas —dijo, enfatizando la palabra artistas. Jania, de manera inconsciente, se estiró aún más sobre el asiento, embelesada por lo que escuchaba.

—Creemos que tu video sobre vampirismo es muy bueno, a pesar de la poca calidad. En cambio, el de la bruja masturbándose con su escoba es ¡una obra de arte! Históricamente correcto, bien llevado ¡una belleza!

Jania sonrió. Ciertamente, era uno de sus videos favoritos. De los que más respuestas y visualizaciones tuvo. Además de lo divertido que había sido la investigación, disfrutó grabándolo. En un mar de videos de chicas autocomplaciéndose, disfrazadas o no, el suyo destacaba, y no porque que hubiera intentado el absurdo reto de meterse una escoba por la vagina, así como muchas se metían bates por el culo. Era que de verdad había gozado masturbarse, frotando su clítoris como si estuviera usando belladona o beleño.

—Nos gustaría que nos trajeras algunas ideas y nosotros también queremos presentarte un par de guiones que creemos puedes producir para nosotros.

—¿Producir?

—Y actuar, por supuesto. Queremos tu talento al frente y detrás de las cámaras. Tu belleza, Jania, y la belleza de tu mente.

Jania se sentía increíblemente halagada.

—¿Y cuándo vamos a hablar de la plata?

—Todo a su tiempo, señorita González. Y no lo tome a mal, a fin de cuentas, el dinero va de acuerdo con el tipo de producción. Pero no se preocupe, usted cobrará honorarios por cada uno de los roles que desempeñe.

Parecía que le estaba leyendo la mente. Así que Jania decidió confiar.

***

Los guiones iban y venían; era complicado avanzar por la cantidad de ideas que proponían de un lado y del otro. La productora recibía con entusiasmo la temática histórica, pero insistían en incluir rituales, y para Jania, el elemento erótico era más importante que el gore. También le plantearon retomar alguno de sus videos anteriores y realizarlo con mejor calidad. Aunque la idea no le

molestaba, le parecía pobre para su primera producción con ellos. Ante el riesgo de que fuera su única oportunidad, prefería ser ambiciosa.

Clemente, hedonista y cínico, descansaba recargado entre las mullidas almohadas de Jania mientras hojeaban guiones y borradores.

—¿Y si esta escena del principio comenzara luego-luego con algo caliente?

—¿Cómo qué? —le preguntó escéptica.

—Pues… algo como una mamada, o un "solo", que los deje picados.

—Pero no quiero que se pajeen a los primeros diez minutos y luego dejen de ver el video.

—Pero si tú misma dices que no es porno, nena —dijo Clemente, y luego se acercó a besarla—. Y que sean solo un par de minutos, un intro y ya. Apenitas pa’ despertar la curiosidad.

Jania miró a Clemente con gratitud y ternura.

—Me encanta poder compartir esto contigo. Encontrar otros colegas que crean en ti es... no sé, muy bueno. Me pone optimista.

Clemente volvió a besarla, con más ímpetu.

—Pero ¡cómo no creer en ti! Si tienes ideas bien chidas. Un chingo de gente nomás busca proyectos de otros, pero tú... tú creas los tuyos. Y son chingones.

—¿Querés garchar?

Clemente sonrió y, sin titubear, le plantó otro beso. Se quitó la ropa en un segundo, mostrando su erección, y Jania se preguntó cuánto tiempo llevaría duro. Fue directo al grano y frotó su glande por la vulva de Jania, midiendo su lubricación, mirándola a los ojos, esperando alguna señal que le indicara que estaba lo suficientemente húmeda para recibirlo. Con un parpadeo que significaba que sí, la penetró.

Clemente disfrutaba su trabajo como actor porno, pero hacerlo sin una cámara le permitía desentenderse de temas como mantener una postura que permitiera grabar la penetración o cuidar su expresión facial. Le gustaba poder detenerse o cambiar de posición si lo necesitaba.

Jania, por su parte, cogía pensando en más fantasías.

—¿Sabés loco? Tengo unas máscaras de encaje que podríamos ponernos, para transmitir esto.

—Ahorita no, mejor. Si quieres, en otra ocasión. Ahorita nomás quiero disfrutarlo, flaquita. Vamos a gozarlo nomás.

Disfrutar... pero ella siempre. disfrutaba Gozaba al llevar una fantasía a la realidad. Y ganar dinero gracias a esas fantasías era un plus increíble.

Se decía a sí misma que no era solamente una creadora de porno, ni una actriz. Era algo más... ella creaba placer; era una artista del arte de disfrutar. Gozaba del sexo, de la belleza de los hombres y, de vez en cuando, de las mujeres.

Pero su fin no era el sexo ni el dinero: esos eran el camino. Su fin era el placer. Vivir para disfrutar, y crear cosas que otros también pudieran disfrutar. Mientras su compañero la penetraba, deseó con todas sus fuerzas encontrar gente que la entendiera.

***

Después de largas conversaciones, el primer corto que produjeron era sobre una orgía de brujas. Accedieron a que Jania participara en el casting. No quería caer en los clichés del porno comercial, con actrices que parecieran gemelas idénticas, pero tampoco buscaba una diversidad tan forzada que, en sus palabras, diera la impresión de ser propaganda de productos de higiene femenina. No quería cejas falsas, cabellos teñidos en tonos escandalosos ni cirugías demasiado evidentes. Además, para ella era fundamental que las cuatro chicas le parecieran lindas: eso ayudaría a la química.

Pero lo más importante, según Jania, no era el sexo por el sexo, sino la belleza de un ritual contado a través del sexo. La productora le devolvió el guion final con frases que parecían latín —o alguna especie de idioma en clave que ni ella entendía— para que las recitaran a lo largo del corto.

El set estaba completamente oscuro, iluminado apenas por velas y lámparas indirectas. En el centro había un pentáculo, y en cada una de las puntas, había una chica de pie. Primero hicieron algo similar a orar. Luego, se desprendieron de sus capas negras y dejaron al descubierto vestidos de gasa, también negros, cortados de forma irregular. Algunas partes de sus cuerpos quedaban

totalmente expuestas, otras apenas visibles. Después, besaron a la compañera de la derecha y luego a la de la izquierda. Una idea que Jania había robado de Eyes Wide Shut.

A partir de ahí, todo fueron besos, caricias, dedos recorriendo pieles de diferentes tonos, y enredándose en los cabellos castaños y oscuros, lenguas y labios.

Aunque Jania era la directora principal, el señor Tamás le había pedido que aceptara trabajar con un director adjunto. —No cambiará nada de tu idea —le había dicho—, solo incluirá las cosas que harán felices a los inversionistas.

También ayudaría a mantener el control de la grabación. Además, le pidieron que él fuera el principal encargado de todo lo relacionado con la edición y la postproducción. Este director no se parecía ni remotamente a Benjamín, lo cual le alegraba. es

Mientras Jania recibía sexo oral de una de sus compañeras y gemía, el director le pidió que repitiera las frases que le habían dado previamente. Comenzó, trabándose un poco, y se interrumpió a sí misma, pero él la tranquilizó, diciendo que sería mejor grabar frases entrecortadas o equivocadas entre gemidos que algo que sonara falso y mecánico.

A dos de las chicas les costaba más trabajo que a las demás, incluso en ocasiones les ganaba la risa, pero, para fines prácticos, el resultado fue el que esperaban.

Días más tarde, la citaron en la misma oficina. El señor Tamás miraba con satisfacción la edición final en la pantalla. David, mientras tanto, observaba unos metros detrás de ellos. La película tenía algo muy avant garde.

Si alguno de los dos hombres se sentía excitado por las escenas, no daba señal alguna de ello.

—No hemos hablado aún de la distribución, y eso es muy importante. —señaló Jania una vez que terminaron de ver el video.

—Es cierto. Pero tú, querida, no tienes que preocuparte por nada de eso. Los socios aún no se han decidido bien si quieren comercializarla.

Jania sintió que se mareaba por la decepción, y Gabriel, al instante, le tomó la mano. — ¡Eh tranquila, pequeña! Tenemos preparado material con el que los socios están de acuerdo, para que

lo subas a tus redes y lo comercialices de las formas que creas más convenientes. Y no te vamos a mover nada de las cifras de las que hemos hablado.

—Está bien, pero... parte de lo que interesó de colaborar con ustedes era la oportunidad de alcanzar un público más amplio.

—Claro, claro. Estamos siendo muy descorteses. Hagamos esto: vamos a incluir un monto extra en tu cuenta para que lo inviertas en visibilidad para tus redes. ¡Por favor, esa carita! No hay por qué preocuparse ni entristecerse. Esta es la primera de muchas películas que haremos juntos.

Jania salió de la sala de juntas con un disco externo en las manos, que le parecía que iba lleno de su decepción. Al menos tengo el dinero, pensó, y luego exclamó para sí misma: ¡El dinero!

Trató de controlar el tono de su voz para preguntarle a David, pero sonó bastante exaltada.

—He olvidado preguntarte, porque supongo que eso debo verlo contigo. Respecto a los pagos, es

complicado, porque soy extranjera. Es decir, tengo mis papeles en orden, pero…

—No te preocupes. Ya estamos preparando tu cuenta y pronto estará listo tu dinero.

—¿Mi cuenta? ¿Cómo que mi cuenta?

—Como te dijo el señor Tamás, eres una más de nuestras socias, no alguien a quien estamos contratando. La próxima vez que vengas te daremos la tarjeta de una cuenta a tu nombre a la que podrás acceder cuando quieras. Ya es decisión tuya si quieres mover los fondos a otro banco.

—Pero ¿y los impuestos?

—No te preocupes por eso, nuestros contadores se encargarán de todo.

—Pero... am...

—¡Claro! He sido muy torpe, ¿será que prefieres que se te pague en efectivo?

—No. Bueno, no lo sé.

—Hoy ha sido un día importante. Con mucho por digerir. Ve a celebrar tu primera película. Te llamaré mañana para con todo listo. Tú no tienes que preocuparte por nada.

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