Porno para fantasmas I: el ritual

La historia sigue a Jania, una joven argentina residente en México que se dedica al cine erótico, aunque ella prefiere verlo como un "performance artístico" inspirado en temas oscuros y rituales (como el mito del Wendigo).

Natalia Gómez

12/19/20256 min read


⎯ Dinos el nombre de alguien que ames.

⎯ No amo a nadie ⎯ dijo sin inmutarse ⎯ No tengo amigos y mi familia está muy lejos, y no solo me refiero a los kilómetros.

⎯ ¿Y eso no te duele? ¿No te importa?

⎯ Lo único que me duele, y solo a veces, es la soledad. Pero no es que extrañe a una familia. Es que yo no tengo familia ¿viste? No se puede extrañar algo que no has tenido.

⎯ Estando con nosotros, jamás volverás a sentirte sola. ⎯ le dijo el hombre de la barba.

⎯ ¿Esto es una especie de club sexual en el que tendré que acostarme con todos?

⎯ Nunca nadie te obligará a hacer nada que no quieras, mi querida. Si hay algo que respetamos, es la soberanía de cada persona. Ya que no hay alguien a quién ames, dinos un nombre. Cualquier nombre.

***

La luna llena ardía tras la barrera de nubes sin lograr vencer a la oscuridad. Los pasos de Jania eran cuidadosos y firmes y su mayor esfuerzo estaba en ignorar la intensa luz que avanzaba a su lado. Llevaba un delgado vestido negro de gasa, sostenido por un arnés en la cintura. Unas cintas rojas rodeaban sus delgadísimas piernas. A pesar de los adornos, su desnudez era evidente. Sobre la cabeza, cargaba un tocado de peso considerable, adornado con las astas de un ciervo y muchas flores. Una nueva luz brillante la hizo fruncir los ojos había llegado al lugar.

En medio de un pequeño claro entre las acacias estaba acostado “el sacrificio” amarrado con cuerdas a unas piedras, totalmente desnudo, salvo por los paños que cubrían inútilmente su miembro erecto. Ella repitió con sumo cuidado la coreografía que había aprendido y las frases supuestamente en lengua sioux que tanto había practicado las noches anteriores. Como respuesta, el hombre tendido comeresultara más molesto que placentero. Al cabo de unos minutos, Jania se colocó a horcajadas sobre él y dirigió el enorme miembro hacia su vulva. Sabía que no debía perder la cuenta del tiempo en que permanecía en cada posición antes de desatarlo. El sacrificio, o el hombre poseído, o lo que fuera que pretendía ser, seguía haciendo ruidos inteligibles. A ella le pareció ver la señal esperada detrás de una de las luces y procedió a acostarse sobre el sacrificio para desatarlo con movimientos rápidos, él la tomó por la cintura para llevarla debajo de él y penetrarla en esa posición. Aunque Jania llevó sus manos a la cabeza para detener el tocado, este crujió y cayó en su cara.

—¡Corte! —gritó Benjamín.

Dos asistentes se acercaron a Jania para ayudarla a levantarse, y a Clemente, el poseído, le ofrecieron agua y una toalla.

Jania aún no cumplía treinta años, pero gracias a su delgadez y sus rasgos infantiles, aparentaba muchos menos. Su acento argentino aún la delataba. Su piel era muy blanca, tanto que, en algunas partes, sus venas verdiazules parecían un adorno a propósito de su estilo gótico. Para esta película, se había teñido el cabello de castaño, unos tonos más oscuros que los de su cabello, que era bastante claro, casi rubio.

—¿Se rompió? —preguntó Jania.

—No... bueno, sí —respondió nerviosa su asistente.

—¡Boluda, decime si es sí o es no! —exclamó, irritada.

—Nada está roto, pero sí se despegó la calavera de la diadema. Ahorita lo pego.

—¿Y cuánto va a tardar la chingadera en pegar? —preguntó, con bastante hartazgo, Benjamín. Nadie respondió, y Jania lo ignoró —Te estoy diciendo que lo hagamos sin esa mamada en la cabeza. Mejor, repitamos la escena. – Insistió.

—¿Y también la entrada? —le respondió Jania, sosteniéndole la mirada.

—A mí no me molesta —interrumpió Clemente, con una sonrisa tan dulce que contrastaba con el hecho de que estaba en cuclillas y desnudo.

Jania le devolvió la sonrisa.

—Te digo, Jania, que todo eso es adorno innecesario. La gente lo que quiere ver... — Insistió Benjamín.

—¡Te lo expliqué un montón de veces! El concepto de esta historia es el wendigo. ¡Por eso me rompe laburar con directores de porno: no entienden nada de arte!

—Ese es el problema de las pendejitas como ustedes, que se hicieron famosas gracias al Only Fans. Estás haciendo pornografía, mamita. Esto no es arte ni de pedo.

—¡Pendejo tú, boomer rancio! La única pendejada que he hecho es laburar con ustedes —gritó enojada, y se fue detrás de la asistente para revisar la reparación de su tocado.

—Jania… —dijo la asistente, armándose de valentía— ya quedó, pero yo no me confiaría mucho. Creo que hay que tener cuidado de que no se zafe.

—Está bien —suspiró Jania, recuperando la compostura—. Con que tengamos cuidado alcanza.

Jania regresó al claro, donde todos estaban excepto Benjamín. Se acercó al camarógrafo y le explicó que repetirían la escena desde que ella estaba arriba, antes de desatar al sacrificio. Luego, le dijo a Clemente, sin dejar de acariciarle el brazo, que en lugar de acostarla debía ponerla en cuatro y penetrarla desde atrás. Mientras tanto, Clemente se acariciaba con suavidad el glande, tratando de no perder del todo la erección.

Benjamín regresó, sacudiéndose la pierna; aparentemente había ido a orinar, y Jania no pudo evitar mirarlo con asco.

—Ya les di instrucciones de cómo será la escena.

—Tú mandas, señorita artista —dijo con sarcasmo, ajustándose el cierre.

Clemente se acostó, hizo varias respiraciones aceleradas y se masturbó con fuerza antes de que se acercara la asistente para amarrarle las manos. Jania se colocó un poco más de lubricante en la vulva y luego se sentó sobre él, asegurándose de estar cómoda antes de que Benjamín volviera a dar la señal de acción.

Comenzó a moverse de adelante hacia atrás para asegurarse de que la erección de Clemente estaba al máximo. Esa era posición favorita para frotar su clítoris sin necesidad de usar sus manos. Le bastaron unos pocos minutos para confirmar que Clemente no podía estar más duro y se colocó en cuclillas y levantando las nalgas para subir y bajar sobre su miembro. No le costó trabajo soportar la posición ya que se ejercitaba lo suficiente, pero si la distraía la respiración, a momentos agitada, de Benjamín. “Si no fuera por ese idiota, incluso estaría disfrutando esto”. Trató de concentrarse en lo hermoso que era Clemente, su musculoso cuerpo y las líneas perfectas de su cadera. Repitió algunas de las líneas en latín mientras se inclinaba sobre él para sacar las cuerdas y, susurrándole al oído, dijo: —Cógeme fuerte —antes de lamerle la oreja. Él rápidamente se incorporó, tomando a Jania por la cadera y penetrándola de golpe. Ella luchaba contra el disgusto que le producía la nueva posición y se esforzaba por encontrar el equilibrio para que su espalda formara una curva sensual, sin comprometer la postura de su cabeza ni el tocado.

Clemente era muy hábil, si veía que ella temblaba, suavizaba el movimiento, pero gruñía con más fuerza para simular brutalidad. Luego atendía al instante las instrucciones de Benjamín para cambiar la posición de las piernas y dejar a la vista, en primer plano, el cuadro de la penetración.

—¿Estamos listos para el final? —preguntó Benjamín.

Clemente, acalorado y sudando, respondió: —Cuando ustedes digan —y se aclaró la garganta.

Jania se incorporó para recibir el semen en su cara y pechos, y Clemente, una vez que terminó, se dejó caer haciendo una extraña marometa hacia atrás, mientras Jania se levantaba majestuosa y satisfecha.

Luego tomaron varios planos muy cerrados del cuerpo de Jania, sobre todo de las partes con semen Después, ensuciaron mucho más a Clemente para grabarlo caminando erráticamente entre los árboles; una de las cámaras se enfocaba en el pene. Luego, otras tomas de él con el tocado, majestuoso, mirando retador a la cámara. Finalmente, satisfechos con el material que tenían, dieron por terminada la sesión.

Jania le ofreció a Clemente un aventón, él se negó diciendo que necesitaba darse un baño, pero ella le respondió coqueta que eso sería fácil de resolver.

© 2025 Natalia Gómez. Todos los derechos reservados.