Los dos panteones

Higinio solo quería calaveras de azúcar, pero terminó encontrando su propio 'infierno'. Rodeado de ángeles de piedra y lápidas en idiomas extraños, el pequeño se convence de que ha muerto y de que está vagando por el purgatorio.

Natalia Gómez

12/14/20257 min read

Higinio formaba parte de la caravana que se dirigía al panteón por el ancho camino de tierra. Aunque su abuela le repetía cada año que se trataba de días solemnes, para Higinio era la mejor de las celebraciones, incluso ese año, que lo pasarían fuera de la ciudad.

El espectáculo de los templos iluminados para mostrar las reliquias de los santos, especialmente adornadas para la ocasión, era algo que le sobrecogía y deslumbraba a partes iguales. Y fuera, en los panteones, lo alegraban los cantos, las risas y las flores entre las tumbas. Sobre todo, lo que más le gustaba eran los dulces de pasta de azúcar y aceite de almendras en forma de calaveras y tibias. Pocas veces le permitían comer golosinas y éstas eran la promesa que esperaba cada año para la fría noche en vela.

Casi a medio día, tras una hora caminando desde las calles de Guerrero y Mina, en el sexto cuartel de la ciudad, llegaron a la gran barda de piedra que rodeaba el Panteón Civil de la Piedad, donde habían enterrado a su abuelo apenas unos meses antes. Al cruzar la puerta, llamó su atención que mucha gente, también cargada de flores y adornos, en lugar de entrar, seguían por el camino.

— ¿Y esos que también van cargados, por qué se siguen? — Preguntó Higinio a Rutilio, su padre.

— Van al otro panteón — le respondió Soledad Martina, su abuela, sin ahondar en la explicación y él, que sabía que a los mayores no había que dirigirles la palabra por respeto, se quedó callado.

Su corazón dio un vuelco de alegría al ver, pasando la puerta del cementerio, a los vendedores de dulces. Sobre cajas de madera cubiertas con manteles de colores estaban las ansiadas calaveritas.

También, le sorprendió la poca cantidad de tumbas. Muy diferente al Panteón de Santiago Tlatelolco, al que solían ir para honrar a sus tíos abuelos, un lugar abarrotado de monumentos donde la gente se aglomeraba entre ellos para pasar la noche. El Panteón Civil aún estaba muy limpio, los caminos eran francos y amplios y las tumbas estaban muy ordenadas y parecían todas del mismo tamaño, excepto por las tumbas “chiquitas”, las de los niños, que ocupaban la primera fila junto a los caminos. Higinio no pudo evitar pensar en los dos primos que su tía, obstinada y en contra de los deseos del resto de la familia, había enterrado en un convento. Aunque nunca había estado dentro de uno, en su mente era absurda la idea de que hubiera tumbas ahí dentro y más bien se imaginaba a sus pequeños primos, aún vivos, bajo el cuidado atento de las monjas.

Llegaron a la tumba de su abuelo, delimitada por piedras que formaban un rectángulo que contenía hierbas y flores y apenas una sencilla una cruz de madera. Su abuela Soledad Martina y Vicenta, su madre, sacaron las flores, los cirios y la comida, y comenzaron a organizar todo; mientras que su padre encendió el brasero.

— Voy a ir a echar las aguas. — dijo Higinio, buscando un pretexto para no participar en ninguna actividad de los adultos.

— No te hagas. Vi cómo te brillaron los ojos al ver los dulces. Ya eres un hombre, no un niño. Es más, ven, para que te vayas curtiendo — dijo su padre, sacando del amarrado de cosas una botella. Le quitó el tapón de corcho, dio un trago y luego se la extendió. Higinio supo que se trataba de chiringuito. El olor siempre le había desagradado, pero el que su padre se lo ofreciera era un privilegio. Aguantando la respiración dio el primer trago, que se le atoró en la garganta y le hizo toser. Rutilio, en lugar de enojarse, se rio con amables carcajadas. El trago se convirtió en un calor que le recorrió el esófago y se alojó en su estómago, exigiéndole alimento y claro, su mente regresó a pensar en los dulces.

Conforme caía la tarde, llegaron más personas. Algunas rezaban, otras cantaban y otras más comían tamales y bebían pulque. Pero en la tumba de su abuelo, Soledad Martina y Vicenta seguían con un rosario interminable. Su padre le ofrecía la botella, e Higinio sentía cómo su madre lo miraba de reojo con desaprobación, pero no dirigía la mirada hacia su padre, que era quien lo obligaba a beber. Las primeras veces, tomaba el trago completo para no desairar ni ofender, pero los siguientes tragos eran apenas un disimulo que solo le quemaba los labios. Por más que lo intentaba, el sabor no le convencía, la bebida le provocaba dolor de cabeza y comenzaba a sentirse mareado.

Cuando por fin terminaron con el ultimo ave maría, sacaron las tortillas, los chiles y los aguacates para cenar. Higinio no había dejado de pensar en sus calaveras de azúcar y lamentaba que cada vez estuviera más oscuro; temía que los vendedores hubieran retirado sus maravillosos altares. Se levantó otra vez con el pretexto de ir a orinar y se dio cuenta de lo complicado que le resultaba caminar. Alcanzó a escuchar a Vicenta reclamándole a su padre: “Mira cómo va el niño, apenas puede andar”.

Aunque el piso de columpiaba un poco bajo sus pies, no tuvo problemas para llegar a la salida y se alegró al ver que aún quedaban un par de vendedores. Se compró dos panes de naranja y cinco calaveras de azúcar. Intercambió sus monedas con nerviosismo, temiendo que sus padres aún pudieran verlo, y corrió hacia el sur por el ancho camino de tierra, ahora vacío, buscando un buen sitio para esconderse y disfrutar.

Una vez que terminó con su pequeño festín, volvió a sentir la incomodidad de su vejiga y buscó un árbol cercano. El sonido del río le llamó la atención, se acercó a la ribera y, tras bajar un poco sus pantalones, se alivió allí. Aunque ya no estaba tan mareado, sus sentidos seguían alterados y así, feliz, buscó un lugar donde recostarse y apenas apoyó la cabeza, se quedó dormido.

En sus sueños, había un desfile de reliquias adornadas, en lugar de joyas, con acitrón de colores y piñones. Un vals sonaba de fondo y se mezclaba con música de guitarras. Él bailaba entre calaveras de azúcar lamentándose tener que abandonar su infancia. Entonces, el frío de la madrugada lo despertó. Le resultaba difícil calcular cuánto tiempo había estado durmiendo y, temiendo una reprimenda, se levantó y corrió hacia el panteón. Afortunadamente, notó que estaba muy cerca y aprovechó que una sección del muro se había venido abajo para entrar.

Sin embargo, al avanzar, solo se encontró con un cementerio vacío, con mucha más vegetación y un silencio apenas roto por un eco lejano.

— ¿Mamá? ¿Abuela Soledad? — preguntó bajito, temiendo al mismo tiempo que lo escucharan y no. Las tumbas seguían adornadas, pero con muchas menos flores y los cirios ya estaban apagados. Como apenas sabía leer, no podía interpretar las lápidas, pero las palabras le parecían escritas en un idioma muy diferente a las que veía en los letreros en la ciudad o en la biblia de su abuela. Además, los monumentos eran mucho más grandes y raros, como palacios en miniatura y en lugar de parcelas con piedras, había planchas de mármol con floreros, todos adornados con esculturas de ángeles, de la virgen y del sagrado corazón que le miraban desde sus cuencas vacías.

Llegó a una intersección donde se alzaba una enorme cruz, que no había visto antes. A lo lejos aún se oían guitarras, acordeones, y voces. Sintió un miedo atroz cuando creyó entender lo que estaba ocurriendo. Un suave viento mecía las ramas de los árboles y las flores que estaban sobre las tumbas.

— ¿Ya me morí? — preguntó en voz alta, esperando que alguien le respondiera que estaba en el purgatorio. — Ya me morí y por eso no puedo ver a nadie, ni ellos a mí, pero los escucho. Y por eso todo está a oscuras. — Su voz se quebró y sintió cómo su cuerpo temblaba — . ¿Me morí de frío o fue por el chiringuito? — Se sintió más pequeño que nunca, y abrazándose a sí mismo, siguió caminando. Las lágrimas le corrían por las mejillas y le mojaban el cuello de la camisa. Hubiera querido encontrarse a alguien pero la idea de estar con otro fantasma le aterrorizaba. Siguió caminando hasta que se encontró con una reja enorme que le pareció idéntica a la que había atravesado al llegar al panteón con sus padres, pero cerrada con un enorme candado. Obstinado, logró pasar entre los barrotes. Una vez fuera, se preguntó si era buena idea alejarse del purgatorio. Tendría que esperar a que sus padres rezaran mucho y pagaran muchas limosnas en la iglesia para que un ángel viniera por él y lo llevara al cielo, y eso podría tardar varios meses. Nunca en ninguna misa habían dicho que era lo que se debía hacer en esas situaciones.

Se sentó y continuó llorando su desdicha.

El sol comenzó a iluminar el campo, lo que le hizo pensar que tal vez no estaba muerto, porque su abuela le había dicho que en el purgatorio no existe el día ni la noche. Avanzó con pasos aún inseguros por la calzada de tierra marcada por las huellas de los carros, y pronto llegó a otro camino que le parecía familiar. Al mirar hacia el norte, vio la barda del cementerio. “¡Este es el otro panteón ¡Qué bruto soy!”, exclamó.

Corrió por el ancho camino hasta la entrada del Panteón Civil y se alegró al ver a Vicenta salir.

— ¡Condenado! — le gritó su madre mientras corría hacia él — . Mira que escaparte toda la noche para comer golosinas.

Los dedos de su madre se enredaron en su cabello, y él no opuso resistencia a la patada que vino después. Después de todo, estaba vivo y aún quedaba un día más de ofrendas para comer calaveritas.

© 2025 Natalia Gómez. Todos los derechos reservados.