La inquilina
Juan busca en un nuevo departamento la libertad que su matrimonio le quitó, solo para quedar atrapado en la fascinante y caótica órbita de su nueva inquilina. Un relato donde la belleza es una trampa y la suerte, un mal chiste.
Natalia Gómez
12/25/20258 min read
Juan sabía que comprar ese departamento cambiaría su suerte. Estaba harto de vivir en el segundo piso de la casa de su suegra y pensaba que una vez que terminara de instalar todo, podría mudarse. Le pediría el divorcio a su mujer y empezaría de nuevo. Quince años de casado habían sido “suficiente infelicidad para una vida”, pensaba. Por eso, cada vez que su mujer le insistía en que pusiera el departamento en renta, él le daba largas. Sin embargo, no pudo fingir demencia la noche del domingo en que recibió una llamada, y su esposa, con su característico y molesto olor a cloro, pegó la oreja a su celular para escuchar la conversación.
—Soy Raimunda, la vecina del ciento dos. No, del ciento tres, bueno… eso. Me dio su teléfono la... la... ¡ahí en la administración! Que usted renta un departamento. Me urge, para mi hija, que se peleó con el marido. Nos urge.
—Ah, mire, buenas noches. Eh… si, tenemos el departamento, aunque aún no lo termino de adecuar…
—No importa, le digo que me urge.
—¿No le gustaría verlo antes? Y ya en lo que se decide, yo termino de adecuarlo — propuso Juan buscando una forma de ganar tiempo.
—Nos urge, así como esté. Le pago el año por adelantado ¿en cuánto lo renta?
La esposa de Juan le arrebató el teléfono y respondió por él.
—Claro que sí, doña Raimunda, cuente con el departamento. Cinco mil mensuales, nada más. Mañana mismo mi marido le lleva la llave. ¿A las 8 de la mañana le parece bien?
—Mujer… pero si a las nueve tengo que estar en la oficina. No me va a dar tiempo —rogó Juan en voz alta, para que también Raimunda escuchara y tal vez se desmotivara.
—¡Cállate! —exclamó su esposa sin disimular ni un poco. Cerró el trato a su nombre y a Juan no le quedó más que rumiar mentalmente su enojo. El plan de separarse tardaría un año más. Ni siquiera la idea de que su esposa le quitara el dinero de la renta le molestaba tanto como saber que su salida de emergencia estaba bloqueada.
Y así, enojado por toda la situación, llegó la mañana siguiente al conjunto habitacional donde había comprado el pequeño departamento. Le sorprendió encontrar un camión de mudanza esperándolo. De una camioneta negra, enorme, descendió una señora de estatura diminuta, cuyo contraste le resultó curioso. La mujer tenía el cabello ralo y corto, teñido de rubio y sujetado por una delgada diadema que apenas podía contener los mechones indomables; su rostro, lleno de arrugas, estaba enmarcado por cejas tatuadas, negras, rectangulares y asimétricas. Juan no pudo evitar preguntarse si ella podría pagar todo un año de renta por adelantado. Se sintió como un idiota, y peor: como un idiota y muy pobre cuando la mujer sacó un grueso fajo de billetes de su cangurera y contó sesenta mil pesos. El fajo de billetes ni siquiera se veía disminuido. Guardó el dinero en su cartera y se dirigió hacia las escaleras para abrirle la puerta y mostrarle el lugar.
—Mire, aún no tiene la cocina, pero ya hay tarja y la instalación para el gas está lista. El fin de semana le traigo las persianas, ya las había comprado y… — No pudo terminar de hablar. Por la puerta entró la mujer más hermosa que había visto en su vida. Unos ojos tristes y llorosos con enormes pestañas negras, de esas artificiales que su esposa siempre criticaba con burla, lo miraron.
—Ella es Margarita, mija. Que va a ocupar el departamento, porque se peleó con el marido.
—Mamá ¡cállate! — su voz era recia, contrastaba con lo delicado de su cuerpo. Vestía unos pants rosas con líneas blancas laterales y camiseta del mismo color que dejaba ver sus hombros. Parecía que no traía sostén y sus senos eran enormes y firmes. Juan pensó que nunca había visto en la vida real a una mujer con implantes y la idea lo excitó al instante.
No escuchó nada más de lo que Raimunda o su hija le decían; solo podía imaginar, sumergirse en la pequeña nariz y los enormes labios de Margarita. Cuando los hombres de la mudanza subieron la transportadora con el french poodle, no se atrevió a mencionar que no aceptaban mascotas. Entregó las llaves a Margarita, quien lo miró con desagrado, y él, temblando, le dijo:
—Bienvenida… ojalá te acomodes bien aquí.
Bajó las escaleras todavía emocionado por la belleza de Margarita. De reojo, observó el interior del camión de mudanza; eran muy pocos los muebles y las cajas que llevaba. Quería regresar corriendo para decirle cualquier cosa, repetir su nombre o dejarle su número de WhatsApp para que lo llamara directamente. Su corazón ardía con una mezcla de lujuria y admiración que nunca había experimentado. Dio gracias al cielo al verla bajando los escalones con sus tenis blancos de plataforma enorme con rayas negras y rosas.
—¡La caja de brincolín déjenla debajo de las escaleras! — gritó a los cargadores.
—Ah… Margarita, no se pueden dejar cajas en las áreas comunes. Yo te ayudo a subirla.
—No, yo quiero poner el brincolín aquí en el jardín, para que mi hija juegue. ¿O qué, el patio y el jardín no vienen incluidos en la renta?
Juan no supo qué decir. Estaba hechizado por su inquilina, y la forma en que le hablaba, golpeada y prepotente, le impedía pensar con claridad.
—Bueno, hablaré con la administración para que no haya problema —No recibió ni un agradecimiento ni una sonrisa, pero se conformó con mirar el larguísimo cabello negro, un poco ondulado y despeinado, moverse sobre los senos perfectos.
Llegó tarde a la oficina, pero ni eso ni ningún otro incidente lo hizo perder la alegría que llevó consigo toda la semana, con la imagen de Margarita en su mente. Lo único que deseaba era volver a verla.
El sábado por la noche, con el permiso de su esposa, Juan llegó al fraccionamiento cargando las persianas y se llevó una gran sorpresa al encontrar a Margarita y a Raimunda peleando con otras vecinas en el jardín. Su amada golpeaba el suelo con el pie, elevaba la voz y desafiaba a las vecinas, mientras Raimunda intentaba contenerla pero también gritaba improperios.
—¡Juan! ¡Me robaron mi brincolín! ¡¿Qué no ibas a hablar con la administración?! — Le gritó Margarita, que lucía mucho más bella que el lunes. Su hermoso cabello negro parecía más largo por el alaciado. Vestía un body negro transparente con dos parches cubriendo los senos. Los enormes pants marca Jordan caían en su cadera , dejando más piel a la vista. Juan había hablado con la administración y le dijeron que no se harían responsables en caso de robo, lo cual era justo lo que había sucedido. ¡Maldita suerte! Pero lo que no esperaba era que Margarita y su mamá salieran a pelearse al respecto con todos los vecinos.
—Margarita, muñeca, mejor sube al departamento, yo lo arreglo.— le gustó llamarle muñeca y notó cómo ella saltó de sorpresa. Motivado por un extraño sentimiento de amor y protección, logró negociar con las vecinas molestas que le reclamaban por haber rentado su departamento "a semejante gente". Prometió a Raimunda pagarle el trampolín y la acompañó hasta su camioneta. Después subió al departamento de Margarita.
—Ya bonita, ya se resolvió todo. Y mira, como te dije la semana pasada, te traje las persianas.
—Pero ya instalé yo mis cortinas, no me gustan las persianas —En efecto, Juan observó las cortinas blancas de muselina y las azules de terciopelo que habían montado en unos palos de escoba sujetos con clavos.
—Entonces, puedo traerte un cortinero, bonito, para que tus cortinas luzcan más —le dijo, mirando sus labios pintados de rojo intenso que parecían empezar a sonreír.
—Está bien. Y también quiero que me instales el internet. No he tenido tiempo de llamar, por el tianguis. Somos parte del sindicato, ¿eh? Ellos pueden venir y resolver lo del brincolín. ¡Si hubiera sabido que llegaríamos a un lugar lleno de rateros! —dijo, golpeando con sus largas uñas acrílicas la superficie de su pequeño comedor.
—Le dije a tu mamá que yo se los pago, fue mi culpa. Y si, yo vengo en la semana con los del internet para que te lo instalen. —Juan empezó a temblar de la emoción — Alguien tan bonita como tú no debería de preocuparse por nada.
—Gracias… —dijo ella con un hilito de voz, haciendo morritos con los labios, como si buscara más razones para seguir peleando. Juan no lo pensó más, se lanzó hacia ella y la besó, sus manos recorrieron en un segundo todo el cuerpo de Margarita, que gustosa recibió las caricias. Nunca en su vida había sentido tantas ganas, la besó completa, fascinado por la perfección de su cuerpo, y que al contrario que su esposa, ella fuera participativa y que estuviera dispuesta a dejarse coger en posturas que él solo había visto en el porno. También, le gustó que fuera escandalosa para hacer el amor, no le importó que los demás vecinos escucharan, al contrario, sería una bendición que se enteraran que un hombre como él, podía tener a una mujer como ella.
Se fue a medianoche, cansado y feliz, muy feliz. Lo dicho: ese departamento había cambiado su suerte. Le había traído un nuevo amor, el amor de una mujer que parecía sacada de un video de reguetón. Ahora tenía una amante para hacer más llevadera su separación y su divorcio. Dicen que los hombres no son de planear, sino de fluir, pero Juan imaginó durante los siguientes días muchas versiones para su historia de amor. Adoptaría a la hija de Margarita y la criaría como suya. Además, la economía no era un problema para ellas, lo cual lo ayudaría a no vivir asfixiado pensando en el dinero. Era la mujer ideal, hasta la suegra ideal. Le pidió a Raimunda el número de WhatsApp de su amada para escribirle y, a pesar de las respuestas breves de Margarita, él no perdió la fe. Claro, tendrían que ser así sus mensajes; ella se estaba separando, seguramente de un marido violento, y necesitaba tiempo. Juan sería prudente, atento y caballeroso. Sería su protector.
El jueves, llegó junto con la camioneta de los instaladores del internet. Se alegró al escuchar música a todo volumen salir de las ventanas con cortinas azules, un corrido tumbado que estaba de moda. Se imaginó a su amada Margarita limpiando y moviendo sus piernas perfectas y su trasero divino al ritmo de la música. Tomó los cortineros de madera y su maletita de herramientas con el taladro, guardando también una caja de condones sin abrir. Estaba emocionado, excitado y optimista. Montaría los cortineros, varonil y sonriente, mientras los técnicos le instalaban el internet. Era horario escolar, así que había pocas probabilidades de que estuviera la hija, y si estaba, la mandarían al jardín a jugar.
Tocó la puerta y mientras esperaba, notó que venía subiendo las escaleras Margarita, enfundada en unos pants color vino ajustadísimos. Aunque no se veía ni un centímetro de piel a la vista, la imagen le pareció casi pornográfica y la emoción que guardaba en el estómago se convirtió en una erección. Pero se topó con pared, cuando un hombre con las sienes afeitadas y conjunto de camisa y short estampado de Prada le abrió la puerta.
—¡Ah, del internet! ¿Es usted el casero? — Ni un buenos días ni un saludo. Miró incrédulo a Margarita, que se paró junto a él. Su gesto no mostraba ninguna emoción, sorpresa o incomodidad.
—¿Es tu marido? — Preguntó Juan en lo que parecía ser un lamento.
—Ajá… que bueno que trajo los cortineros — le respondió y luego se dirigió a su esposo — ya me voy gordo, mi mamá ya llegó. Ahí revisas que quede bien. — Y luego, mientras tomaba su bolsa, le dijo a Juan — A ver si nos puede instalar también el piso del baño, y un cancel ¿o qué, esas cosas no vienen incluidas en la renta?
© 2025 Natalia Gómez. Todos los derechos reservados.
Obra incluida en la antología "Pétalos de amor", Letras Negras.

